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Historia

Una vía milenaria, la de la Plata, trasiego de diferentes civilizaciones a lo largo de más de dos milenios, ha sido fundamental para su devenir histórico por las diferentes épocas.


Los variados restos que puntualmente aparecen por su jurisdicción prueba la antigüedad de su poblamiento humano, unos cuantos siglos antes de la llegada a la Península de Roma.
Pero Monesterio, entre en la Historia cuando ya empieza a aparecer en las fuentes escritas latinas. El contacto romano con las antiguas comunidades célticas de la zona -pués el suroeste de la actual provincia fue identificada por Plinio como la Beturia Céltica- haría consolidar y cohesionar a esos pueblos en la cultura romana. Pero el nombre de la villa en aquella época no es el actual, si no Curiga. Una inscripción que antiguamente formó parte de la ermita de Gracia -hoy recuperada en el Centro de Interpretación de la Vía de la Plata- atestigua se denominación. También concuerda con el "Itinerario de Antonino".

Junto a las pruebas literarias y epigráficas, están las arqueológicas, las que se materializan en la propia fachada de la iglesia, donde se admiran columnas, sillares y cornisas romanas; o por los hallazgos esporádicos en su casco urbano. Dos de sus cruces -la del Barrio y la del Puerto, reutilizan también restos pétreos de tradición romana. Otra inscripción latina, hoy desaparecida, mencionaba la existencia de dos pagos, o sea, dos poblados dependientes de Cúriga, conocidos como Translucano y Suburbano. La crisis de la tardorromanidad se ligó con la etapa visigoda, de indudable decadencia del mundo urbano, con el abandono de este tipo de vida -por la presión fiscal, desabastecimiento, epidemias-.

Durante la penetración musulmana, el recuerdo de Cúriga se había de perdido irremediablemente. No será hasta la toma del castillo de Montemolín, hacia 1247, cuando aparezca de nuevo la comarca en documentos y crónicas. Fernando III El Santo, deseando alejar de las grandes ciudades a las poderosas órdenes militares, permutó las tierras de Cantillana, cerca a Sevilla, por las de Montemolín, en mayo de 1248. Desde esa fecha y hasta 1875, la Orden de Santiago permanecerá en la zona. Ya en el siglo XIV Monesterio es Encomienda de la Orden de Santiago.
Durante los siglos XV y XVI Monesterio aparece como destacada Encomienda. Hacia 1573, la Corona la desmembró de la Orden de Santiago, siendo vendida junto con otros municipios a Sevilla. A principios del XVII, se volvió a enajenar, pasando jurisdiccionalmente a manos de un banquero con antecedentes italianos, Octavio Centurión, destacado banquero de Felipe III y Felipe IV, quien le convierte en Marqués de Monesterio en 1632.
A partir del siglo XIX, es cuando empieza a crecer su núcleo urbano, y cuando aparece la travesía de la carretera, con sus primeras posadas, Sin embargo, será, en el siglo XX cuando cambia por completo la fisonomía del casco, dando la impresión de ser un pueblo moderno. No obstante, y a pesar de ello, en pleno siglo XXI, existen recónditos lugares que muestran su arquitectura tradicional.

Monesterio, Tierra de Pintores

Eduardo Naranjo:

Como máximo exponente de la pintura monesteriense, destaca Eduardo Naranjo (1944). Conoce a su maestro Eduardo Acosta en 1957 e ingresa en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla, donde estudia hasta 1960. Un año más tarde se traslada a estudiar a la Escuela de Bellas Artes de San Fernando en Madrid, donde culminará sus estudios. En todos estos años son muchos los premios que ha recibido en reconocimiento de su obra. Es distinguido en 1991 como “Extremeño de hoy” y con la Medalla de Oro de Extremadura, y en 1995 es condecorado con la Cruz al Mérito Militar por su contribución a las Artes y al Ejército. Elogiado permanente por la crítica, es considerado como uno de los autores de mejor prestigio y más cotizados del panorama actual del arte español.
Su obra es inquietante, su dibujo perfecto, trascendente e ilusorio. De ésta dimana siempre una luz especial y un colorido austero. El suyo es un realismo metafórico, fantástico e imaginativo que a raíz de los 80 se abre internamente más a la vida, a la vez que evoluciona sabiamente hacia lo esencial y poético.
Pero hay que remontarse a principios del siglo XVI, para encontrar el primer nombre de pintor conocido vinculado con la villa, un tal García Pérez. Sin embargo, Zurbarán –nacido en 1598 en la vecina Fuente de Cantos- se une con Monesterio en ciertos aspectos. Su madre, Isabel Márquez era natural de Monesterio (1568), fruto de la unión matrimonial en 1566 entre Andrés Guerra –un arriero oriundo de Cabeza la Vaca- y Catalina Gómez. Otro aspecto a tener en cuenta es que Zurbarán, en los inicios de su carrera sevillana a finales de la década de 1620, llamó a un vecino del pueblo con actitudes artísticas, llamado Diego Muñoz Naranjo, que acompañó al maestro a la Corte Madrileña, donde participó en la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro en 1634; actualmente el Museo del Prado custodia esos lienzos.
Hasta principios del XX no hemos registrado más artistas. Pues las noticias se han desvanecido en el tiempo. Pero a finales de los años 20, un joven pintor se hacía conocer en la Exposición Ibero-Americana de Sevilla de 1929: Eduardo Acosta (1905-1990). Fue pensionado por el Ayuntamiento y la Diputación. Su primera obra, un cuadro de grandes dimensiones la donó a la Parroquia, y era una copia del lienzo de El Greco conocido como Jesucristo en los brazos del Eterno Padre, destruida con otra obra suya –La Virgen de Tentudía- en el asalto de la Parroquia en 1936. Cuatro años antes –en 1932- el Ayuntamiento permitió la destrucción de otra obra suya, ejecutada voluntariamente por él en 1928, y que era la decoración del Salón de Sesiones. Miembro de la Academia de Santa Isabel de Hungría, se dedicó a la docencia. Es maestro de maestro, acogió a numerosos alumnos entre los que se encontraban los monesterienses José Aceitón en los años treinta y Jacinto Villalba Delgado en los años cuarenta, y fue preceptor de Eduardo Naranjo..
Otros artistas locales que han demostrado tener grandes dotes para la pintura son María Naranjo, Manuel Bayón o Santiago R. Carrasco, quien también lo ha hecho en la escultura.